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Hace poco menos de un año me diagnosticaron VIH, para mi fue un shock, no estaba para nada preparado para recibir una noticia así y mucho menos a nivel mental… Los médicos que me atendieron, me recomendaron ayuda psicológica y me dieron el contacto de Ana. 

Antes de que ocurriera todo esto, yo ya había ido a otros psicólogos por otros motivos (insomnio, estrés…) con estos otros profesionales, la verdad, me sentí encasillado, los psicólogos me “soltaban su rollo” y nunca me sentí escuchado por ninguno ni vi un afán de ayuda ni apoyo.

Por todo esto, la primera vez que fui a ver a Ana, fui con desconfianza, con muchos prejuicios y con la certeza de que ni me iba a ayudar, ni me iba a servir para nada. ¡Qué equivocado estaba!

En la primera sesión Ana simplemente me escuchó y nunca había sentido una sensación tan liberadora en mi vida, fui con algo que para mi era la mayor montaña, el mayor abismo y totalmente hundido por dentro a contarselo a alguien que no conocía de nada y cuando terminó la sesión me sentí liberado y mucho más tranquilo.

Llevo desde noviembre de 2017 viendo a Ana 2 veces al mes, sigo yendo porque no sólo me está ayudando a aceptar que tengo VIH, me está ayudando a aceptarme, a entenderme y a discutirme a mí mismo y, por tanto, a ser mi mejor yo y eso es algo que no se puede valorar ni con dinero ni con nada.

He tenido la suerte de encontrar a una persona que cada vez que hablo con ella da en la clave, me escucha, me apoya, me critica de manera constructiva, me rebate, me discute, me ayuda, me entiende y me hace sentir mejor. 

La vida da muchas vueltas, pero, tengo claro que siempre estaré en deuda con Ana y completamente agradecido por toda la ayuda que me ha dado, me da y espero que me de durante el tiempo que lo necesite.

Ana, un millón de gracias por todo.